Bien dicen que todo tiene un efecto boomerang, que todo lo que uno hace tarde o temprano regresa y que lo sembrado será cosechado.
Ayer lo corroboré gracias a un incidente que me remontó a mi tierna e inocente infanciadolescencia. Algo que me hizo recordar un día, de esos en que se reunía la enorme familia de mi mamá para festejar el cumpleaños de un miembro (creo que era el de mi abue). Nos encontrábamos en el lugar de los hechos: mis hermanas, algunos primos, un par de tíos de la misma edad de nosotras y esta su tranquila servidora, disfrutando del asador de carne con los últimos restos de carbón caliente, mientras los adultos (los grandes) disfrutaban del cafecito y el pastel . Así pues, todo comenzó cuando alguien encontró un hueso de T-bone, le vió forma de boomerang (irónico…) y lo lanzó al infinito y más allá, cayendo en una azotea con tendedero, casi cerca de la antena parabólica del vecino-rico (por adinerado, no por otra cosa…) de esa calle. Las risas no se hicieron esperar y junto con ellas un anhelo ferviente de atinarle a la dichosa antena o a la ropa del tendedero. Los huesos se terminaron y arremetimos contra las tortillas duras que habían quedado. Las lanzamos y sino mal recuerdo uno de mis tíos, el Frikitío, quien hoy en día es un hombre muy serio y demasiado formal (ahá), fue quien sí logró atinarle a la antena con un tortillazo.
Cuando recordé todo eso no pude evitar sonreír, en lugar de enojarme; ya que mi patio acababa de ser invadido por una tortilla que llegó de algún lado mientras yo me encontraba sacando la ropa de la lavadora.
Seguramente viajó en el tiempo esa tortilla, porque los niños de hoy no juegan a aventar cosas a las casas cercanas, no hacen travesuras fuera de su casa, no gustan de tocar timbres y echarse a correr y, por supuesto, no disfrutan darle sobresaltos a una pobre señora que está tendiendo la ropa.
No, seguramente están haciendo la tarea.